I
Desde el cielo, Ciudad Gótica no es sino un gigantesco nudo venoso palpitante de luz por las noches, una luz febril, opacada por la contaminación. Como Behemot se levantan sobre la tierra las instalaciones del Palacio de la Ciudad, mas largo que alto y con mas de 200 metros de altura, su presencia es innegable desde cualquier pasaje del Robinson Park en el norte y hasta el paseo de las Tres Esquinas hacia el sur, al este, los feligreses que visitan la Catedral de Gótica pueden observar la silueta del Palacio, ligeramente curvada por los cristales en el gran vitral detrás del estrado, proyectando una sombra como una capa sobre los hombros del ministro y, desde la Vieja Gótica al norte, los edificios mas altos alcanzan a distinguirle si miran con atención al monstruo del Sudoeste.
En los bajos de la Vieja Gótica descansa la Plaza Gótica, antiguo centro de la actividad familiar, donde ricos y pobres por igual solían pasear y divertirse, ya sea en un picnic, un paseo romántico con alguien especial o hasta las tradicionales sesiones fotográficas bajo el antiguo arco del paseo colonial, que comienza en la orilla norte del rio Sprang. Hacía tiempo, las parejas se colocaban de espaldas hacia el este y el fotógrafo retrataba a la feliz pareja bajo el arco, enmarcados por el estilizado Puente Sprang.
Pero los tiempos han cambiado y la Plaza Gótica fue la primera en ceder, poco a poco, su lugar a ladrones, asaltantes, asesinos, pedófilos, mirones, violadores, vagabundos, prostitutas y secuestradores que han tomado el control. Ya no es raro escuchar en las noticias que un cadáver encontró descanso a la sombra de un viejo roble en Plaza Gótica.
Se ha derramado tanta sangre en la vieja Plaza, que ya se le conoce como la Plaza Roja de Ciudad Gótica.
Mendigando centavos o aceptándolos en intercambio por chucherías, los jóvenes pordioseros pasan los días sosteniendo en lo alto letreros que rezan “Bati-mascaras” en los cruceros de las avenidas principales. Las “Bati-mascaras” se han vuelto de gran popularidad en las barriadas de Ciudad Gótica; Las orejas chatas, los pómulos redondeados y ojos a la Mickey Mouse atraen a los niños quienes las usan para ambientar sus juegos vespertinos mientras que los adultos las compran divertidos por los rasgos exagerados, y, motivados por el alcohol, se pasean por las calles diciendo sinsentidos y consignas de justicia protegiendo su anonimato.
Las casas alrededor de toda Ciudad Gótica, desde los barriales de la Vieja Gótica y hasta las grandes mansiones en los suburbios, hacen escuchar, noche tras noche, las “Aventuras del Murciélago” a través de sus ventanas y, noche tras noche, puntualmente, se repite la formula: Un villano, un sociópata, comete un crimen, Batman lo descubre, el villano lo atormenta un poco y, finalmente, Batman se libera para lograr enviar al villano a prisión… donde permanecerá hasta el siguiente episodio. Y, así, Ciudad Gótica ríe cínica a los esfuerzos del murciélago.
Los fanáticos del murciélago han disminuido exponencialmente y los imitadores han perdido la esperanza que alguna vez les inspirara el vengador nocturno. Ya no hay más falsos Batman persiguiendo criminales; se han rendido, han dejado de luchar. Han decidido simplemente seguir la corriente, además, es más útil tener otro empleo que ser un héroe.
Es difícil ser un héroe cuando tienes algo que perder.
Viviendo con el miedo y bajo el peso de un presente incierto, los ciudadanos de Gótica han perdido el interés por las reglas. Incluso la policía tomó el camino corto y ahora está pagando el costo: una invasión de psicópatas, asesinos y mentes criminales que han sobrepasado las capacidades del vigilante nocturno.
II
Una joven está llorando. Sola en el mundo, con deudas que pagar y un hijo que alimentar, el trabajo del que fue despedida le es más necesaria que nunca. El niño no deja de llorar. Tiene hambre y ella también. Sin estudios, jamás conseguirá otro empleo. No tiene el coraje para matar, así que ha decidido morir. Seca sus lagrimas con un paño raído y pinta sus labios de rojo carmesí. Esta noche será su primera noche en la Plaza Roja.
Ha decidido matar sus sensaciones. Morir un poco hoy para vivir hasta mañana y seguir, con la esperanza de no tener que morir un poco más en esta sociedad que asfixia, que presiona y exige, un día sí y el otro también, el sacrificio humano.
Filtrado por las cortinas, el tema principal de “Las Aventuras del Murciélago” se escucha en los callejones de la Plaza Roja. Niños sin hogar se pasean correteándose unos a otros en los estacionamientos de los moteles. La joven primeriza se acerca, temerosa, a un hombre que le había estado observando por algunos minutos y se le insinúa con palabras torpes. El hombre la acepta, pactan el precio, entran en el motel y completan la transacción.
Fue peor de lo que ella jamás hubiera imaginado. Siempre lo es. Unos dólares derribaron la barrera moral, destruyeron sus credos y su respeto propio. Obligada a hacer lo que fuera el deseo de su dueño temporal, confrontó cada tabú.
Intentó salir de si misma. Fingir que no estaba pasando, que lo que estaba haciendo con ese hombre no lo estaba haciendo ella sino alguien más. Intentó convencerse de que esto no era sino la historia que otra persona alguna vez le contó y hoy lo recordaba todo, como en una pesadilla pero nada funcionó. Las sensaciones desafiaban los artilugios de la mente y descomponían las ideas en jadeos y dolor.
Se terminó.
Ella llora en silencio y apenas si nota cuando el hombre se levanta de la cama. El hombre busca algo entre la ropa, ella piensa que esta buscando el dinero pero el hombre encuentra su pistola. Le apunta en el rostro. Ella grita. El hombre ríe mientras grita:
- ¿Qué te parece este cupón, perra? ¡100% de descuento!
Ella grita de nuevo y él la golpea con la cacha de la pistola. Todo lo demás es oscuridad.
El Detective Baker compartía la noche con un novato, recién llegado de Vicio. Era la primera noche de Marcus como detective de homicidios en Ciudad Gótica.
En el interior de la morgue, el Detective Baker llegaba a escuchar el informe del forense.
- Actúa como hombre, Marcus. ¿Qué tenemos aquí?
Todavía dando arcadas y conteniendo la expresión de asco en su rostro, el Detective Marcus apenas si lograba completar sus frases.
- La victima fue… la victima fue violada con el cañón de una… de una… pisto… pisto…
- Pistola. Post-mortem. – Completó el Doctor Murray – Coincide con la que encontraron en el basurero.
El Detective Baker solo asintió. Cuando el Marcus iba a comenzar de nuevo, el Detective le interrumpió con un gesto de la mano
- No hay mas pistas, cierto. – Baker no preguntaba, era un hecho.
El novato asintió.
Baker sonrió y, mientras atravesaba el umbral de la puerta agregó:
- Gracias, Doc. Termina la papelería, Marcus, vuelvo en unas horas.
El Detective Baker no tuvo problemas para encontrar a su hombre en la Zona Roja. Conocía esa zona como si el mismo la hubiera construido. Bobby Thums. El Sargento Robert Thums descansaba recargado sobre una pared, mirando a las chicas que se pasean en poca ropa.
Jonás Baker nunca había sido un hombre complicado. Incluso cuando era apenas un niño ya era evidente su pragmatismo. A través de su educación siempre destaco como alguien responsable y de futuro prometedor. Descubrió pronto en su juventud una vocación por el trabajo detectivesco. Nada motivaba más a Jonás Baker que una pregunta sin respuesta.
Entusiasmado, Jonás comenzó en el departamento de policía lleno de ilusiones e ideales pero se encontró atascado en trabajo de escritorio tan pronto como puso sus valores por delante de las obligaciones del empleo y poco a poco descubrió que en Gótica se necesita más que ideales para sobrevivir.
- ¡Baker! Tanto tiempo sin verte… Vienes por lo de la chica, ¿eh?
- Es Detective Baker, Bobby. Si, vengo por lo de la chica. Esta es la sexta, ¿No?
- ¿Quién puede llevar la cuenta, Detective? Venga, ¿Cuándo me devolverás mi arma?
Aburrido, Baker se tomo su tiempo para responder y no lo hizo sino hasta que le dio la espalda, caminando de regreso al Departamento de Policía.
- En cuanto tengas mi dinero, Bobby…
El detective Baker se funde con la noche en ciudad Gótica mientras Bobby Thums ríe.
III
Ha pasado un mes desde que el caballero oscuro se ha dejado de ver en Ciudad Gótica y aun más desde que el Gotham Times ha dejado de hablar de él; solo algunos editoriales y el eventual fanático que lo quiere de vuelta, pero nada más. En el cuartel de policía, la luz que llama al murciélago es cada vez más un monumento a los tiempos pasados, a los tiempos cuando esta ciudad no tenía problemas más graves que la Mafia y la corrupción.
Y es que la ciudad ha cambiado. Todos lo saben, no en sus cabezas pero en sus entrañas. Es un instinto el que les guía, el instinto de supervivencia.
En la Mansión Wayne no hay luz, solo música y una sombra corpulenta que luce su oscuridad al contraste del destellar de la tormenta. Ciudad Gótica llora y sus lágrimas se estrellan en las ventanas de la Mansión. Cada gota es un reclamo al caballero nocturno. “The sky is cryin’” de Elmore Janes suena en la radio y la sombra que es Bruce Wayne esboza una breve sonrisa que nadie logra ver.
- No solo el cielo llora, Elmore… – se dice a si mismo.
Bruce Wayne nunca está solo por las noches.
Una voz dentro de él le recuerda su promesa, la que alguna vez hiciera a la memoria de sus padres y que cada noche está más lejos de poder cumplir: Paz y justicia en Ciudad Gótica. La voz siempre está ahí, susurrando su propio nombre: Batman.
Los barrios bajos son los mismos hoy que hace cincuenta años. El mismo lugar, los mismos miedos y las mismas promesas políticas cada año, lo único que ha cambiado desde hace años es el Murciélago vigilando a unos cuantos y dejando morir a muchos otros.
Es cierto, la Mafia había caído, pero solo como organización. Los individuos, los mafiosos, seguían ahí afuera, practicando sus viejos trucos, haciendo lo que mejor sabían hacer. Lo único que habían aprendido a hacer en toda su vida.
Cada año el Alcalde recita los mismos panfletos: “El crimen ha disminuido”, “La educación esta cada vez más al alcance de todos”, “Ha bajado el índice de desempleo”. Mientras unos cuantos viven aferrados a esa esperanza, cientos tienen que decidir: Matar o morir.
A punto de sumergirse en sus pensamientos nocturnos, siente como un escalofrío recorre su espalda para convertirse en un nudo en su estomago.
Una luz se enciende en el cielo y no es la tormenta quien lo ha hecho.
- No, esta noche no, Gordon. Necesito esta noche… hoy es tiempo de blues. – dijo en voz baja, casi inaudible, Bruce a la luz en el cielo.
- No para mi, Bruce… la noche es mi noche… SIEMPRE. – Insistía la voz dentro de él.
Sin siquiera notarlo, Bruce ya se encaminaba a la bati-cueva.
Los criminales ya no temen al vigilante nocturno, saben que es en el número donde ellos le llevan la ventaja, y cometer alguna fechoría es una apuesta que cada vez mas frecuentemente les paga dividendos.
El Comisionado James Gordon, aguarda, bajo la lluvia, en la terraza del edificio del Departamento de policía. Contrario a su costumbre, fuma un puro, sustituyendo a la extraviada pipa. El Comisionado se da un momento de respiro entre cada bocanada de tosco tabaco, esperando ver entre las sombras la figura del hombre murciélago.
No puede ver las sombras sin ver a su Ciudad a través de la lluvia. La ciudad por la que decidió poner su vida en juego día tras día y honrarla con la lealtad y la integridad de un policía ejemplar.
Pero la Policía de Ciudad Gótica está a la venta.
Hace tiempo encontraron en Batman un apoyo, si bien nunca aceptaron sus métodos sí aceptaron su efectividad. Con el paso de los años los villanos han crecido y sobrepasaron, por mucho, la resistencia que un simple policía pudiera ofrecerle. Comenzaron a dejar esa responsabilidad a Batman y, poco a poco, se han convertido en el mismo mal que juraron combatir.
El estruendo de un golpe contundente sorprende a Gordon. El cristal en añicos y, entre ellos, un bati-boomerang de afilado acero brillante responsable de la destrucción. Batman está de pié sobre la cornisa del edificio mientras el estado meteorológico aumenta la teatralidad de su llegada.
- ¿Mala noche, Batman?
Batman respondió con silencio y, tras un par de minutos, Gordon animó hacer otro comentario:
- Toda una casualidad que hayas hecho esto…
Pero Batman ya no escuchó el resto y Gordon nunca terminó de decirlo, una vez mas Batman le había abandonado.